1. INSERCIÓN SOLICITADA POR LA SEÑORA DIPUTADA CAROL

Adopción de diversas medidas tendientes a cancelar deuda en cesación de pagos

Me permito dirigir la palabra ante esta Honorable Cámara, consciente de la necesidad imperiosa de que la historia de nuestro país nos reclama a todos los presentes, a fin de dejar testimonio de nuestra posición como representantes de nuestro pueblo en esta hora crucial.
Soy una mujer joven, y vengo del rincón más austral de nuestro país, de una provincia joven, la más joven de la República Argentina, que incluso nace un poco después que yo y algo después de un conflicto bélico que nunca vamos a repetir. En el Sur de América del Sur está la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, “Tierra del Fuego” para los operadores turísticos y los medios de comunicación masiva. Es tan joven mi provincia que no tuvo definido cabalmente sus límites territoriales hasta hace relativamente poco tiempo, 2009. En la década ganada se resolvió definitivamente la última deuda en cuanto a llegar a provincializar todo el territorio nacional.
No fue fácil ni sencillo; permítanme decir que no fue por magia que llegamos a este punto. La provincialización de los territorios nacionales es un proceso largo que llevó bastante más de un siglo. El lema “gobernar es poblar” se hace muy vivo en la desierta Patagonia, y es precisamente en el ejercicio de los gobiernos de matriz peronista cuando más impulso tomó, y esto no es casualidad.
Ya en 1954 fuimos provincia; fuimos parte de la gran provincia de Santa Cruz solo hasta 1956, cuando luego del derrocamiento del presidente Perón la falazmente autoproclamada “revolución libertadora” nos devolvió al estatus de territorio, que en manos de los sucesivos gobiernos de las dictaduras militares fue más conocida como la “isla portaaviones”.
La visión geoestratégica del rol de la Patagonia en el contexto nacional, regional e internacional fue durante mucho tiempo un punto de encuentro para los argentinos, representa la soberanía sobre nuestros recursos naturales en el territorio patagónico, sobre el Mar Argentino y el territorio antártico. Las Malvinas fueron, son y serán argentinas, esto está grabado en la mente y el corazón de todos los argentinos de bien, más allá de otras cuestiones que nos puedan dividir en una supuesta grieta. Incluso los gobiernos militares formados por militares nacionalistas no hay que tener miedo a las palabras han compartido esta visión. De hecho, la ley de promoción económica 1.250 que da lugar a la posibilidad de poblar aquellas extensiones con argentinos tiene su origen en 1972.

Fue a finales de la década de los ´80 cuando un puñadito de hombres y mujeres, entre ellos nuestro primer diputado nacional electo por la provincia, el doctor Martín Torres, cuando se dio una épica batalla dialéctica entre quienes proponían una provincia chica, acotada al territorio argentino de la Isla Grande de Tierra del Fuego y quienes proponían una provincia grande, que abarcara la totalidad del espacio reclamado. El dilema de ese momento no era muy diferente al que nos convoca hoy. El proyecto de provincia chica, impulsado por los adueñados de la tierra y los escasos, pero poderosos, comerciantes importadores, no consideraba la necesidad de avanzar en temas de soberanía que complicaran negocios inmediatos en aras de una “supuesta” ideología nacionalista.
En contraposición, el proyecto de provincia grande rescataba la necesidad de considerar este último territorio y sus inmensos recursos naturales para el desarrollo integral y duradero de nuestra Nación Argentina. En tiempos en que el neoliberalismo venía al galope pisándonos los talones, el proyecto de provincia grande fue capaz de prevalecer para beneficio de todos. Se pueden escuchar todavía, y parece que ahora alzan su voz, los ecos de los que, desde distintos lugares del gobierno nacional, nos decían que éramos una “provincia inviable”; vuelven a resonar, hablan de achicar los gastos y de achicar mi provincia, de hecho, la desmalvinización está recrudeciendo.
No ha pasado tanto tiempo y en una paradoja de los tiempos, hoy somos muchos los que sentimos que estamos frente a una nueva disyuntiva: pareciera que en este recinto mi patria se enfrentara al proyecto de ser, en las próximas décadas, una nación chica o una patria grande.
En el siglo XIX, dijo Nicolás Avellaneda: “La República puede estar dividida hondamente en dos partidos internos; pero no tiene sino un honor y un crédito, como solo tiene un nombre y una bandera ante los pueblos extraños. Hay dos millones de argentinos que economizarían sobre su hambre y sobre su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros”. Estas palabras usó para fijar el carácter doctrinario de la deuda externa, refiriéndose al famoso empréstito Rivadavia, aquella escandalosa deuda de la Baring Brothers que se infló al infinito con intereses y comisiones, y poco sirvió al desarrollo del país.
Hoy la Argentina es uno de los países más desendeudados del mundo, en un exitoso proceso que llevó años; casi el 94 por ciento de nuestros acreedores de una deuda que todavía no se explicó lo suficiente cuándo, por quién y para qué fue contraída ha sido atendido por los gobiernos nacionales encarados por Néstor y Cristina. Sin embargo, poco más del 6 por ciento de los acreedores, en un alarde de fuerza y falta de límites, en este 7 por ciento hay una mitad, casi el 3,5 por ciento de la deuda total, que nos reclama mucho más que todos los otros juntos, sin ninguna garantía de parar acá la sangría.
La situación actual no es hoy para nada parecida a la del siglo XIX; sin embargo, el ideal de no economizar hambre ni sed de los argentinos parece seguir en plena vigencia, tal como propone este nuevo “endeudamiento para salir del endeudamiento”, una no muy feliz tautología que uso para referirme a esta falta de sentido que conlleva este apresurado dictamen de mayoría que hoy se pone a consideración de esta Cámara. Claro que es dable suponer, porque eso sí ya pasó varias veces, que el hambre y la sed que pondremos a disposición de estos acreedores tercerizados serán para la mayoría, pero no serán para todos, habrá algunos que salgan a brindar por: “he is a good felow”, como en la última escena de la “Patagonia rebelde”, la brillante película de Fernando Ayala sobre el más brillante aún libro del historiador-investigador Osvaldo Bayer. Comisionistas y rematadores de larga prosapia y patricio apellido, un tanto apresurados en sellar esta claudicación incondicional y cobrar lo que consideran que les corresponde, se unirán a nuevos apellidos de precoces aspirantes al “círculo rojo” para explicarnos “científicamente” que esto es lo único posible, lo único que se puede hacer; pero permítanme dudar, la historia me habilita para dudar.
Que la deuda debe ser honrada, no tenemos duda, el tema hoy es si se honra el lucro y la usura. No integro ningún grupo A, no formo parte de un colectivo que viene a oponerse absolutamente a todo. Nosotros tenemos propuestas, son propuestas viables, más de 136 países del mundo nos avalan en nuestra propuesta de pago soberano. Traemos al recinto un dictamen de minoría minuciosamente elaborado que no presenta ningún riesgo para nuestro país y su gente.
No me es difícil entender que los genuinos representantes de los poderes económicos dominantes y su cohorte de aspirantes apoyen el camino más corto y en el que cosecharán inmensas ganancias sectoriales. Probablemente, en estas circunstancias y aunque hagan silencio por el foro, creerán que esto es irreversible. Para algunos de ellos el tiempo transcurrido desde el primer centenario, tiempos en el que la oligarquía vacuna viajaba con la vaca atada y a tirar manteca al techo en París, no ha sido más que un mal sueño en el que Yrigoyen y Perón más Perón han sido su peor pesadilla.
Sí me resulta difícil de entender a quienes hoy borran con el codo lo que ayer, y fue literalmente ayer, escribieron con la mano. Apoyan con su presencia en este recinto, el reendeudarnos nuevamente en estas escandalosas condiciones que no por ocultas son menos vergonzosas. Casi llegando al aniversario del bicentenario de la Declaración de la Independencia nos encontramos en una nueva y, a su vez, vieja encrucijada. Otra vez estamos en situación de renunciar a nuestras aspiraciones de independencia y soberanía ante la inmediatez de los negocios del reducido mercado de los capitales.
Fueron nuestros padres fundadores como San Martín, Güemes y Belgrano los que, con la consigna “seamos libres y lo demás no importa nada” que dieron un empujón definitivo a nuestra postergada identidad patria. No fue fácil entonces, no es fácil ahora que la disyuntiva entre ser patria o ser colonia se presenta con toda claridad.
Buscando el significado del término “holdout” me encontré con cuestiones interesantes; como sustantivo significa “reducto, espacio reducido, espacio para pocos”, como verbo tiene más acepciones, desde “engatusar” hasta ”ocultar, no acceder, durar, alargar, durar” y curiosamente “resistir”. Este dictamen de minoría propone que en un click de computadora pasen de una cuenta a otra miles de millones de dólares, ¿serán 11.000 millones, serán 15.000 millones? Nadie sabe, a nadie parece importarle. Mil millones es una cifra incomprensible para el común de los mortales, es casi tanto como todas las estrellas juntas del universo. Los que fueron bautizados en el mismo Hemisferio Norte como “fondos buitre”, han pasado a ser “holdouts” en estos últimos meses, y en un alarde de ostentación de perversión del lenguaje han pasado a llamarse “tenedores de títulos públicos elegibles”, si hasta parece sacado de un programa cómico de Capusotto...
Llamar las cosas por su nombre es el principio de toda búsqueda de la verdad y la justicia.
Hoy, lamentablemente, la pesadilla es nuestra. No supimos, no pudimos hacernos entender por el 51 por ciento del electorado y en un retroceso acelerado vemos como la gente se queda sin trabajo, el Estado se queda sin programas ni respuestas, y los salarios se reducen y proletarizan día a día. Entiendo que no era esto lo que la mayoría votó hace poco más de cien días, cuando les prometieron que las cosas buenas iban a permanecer y que no habría persecución ideológica.
Esta nueva visión geoestratégica de la Argentina, en general, y de la Patagonia, en particular, hace un giro de ciento ochenta grados, y en una alineación incondicional nos propone el oro y el moro si aceptamos ser parte de este nuevo orden mundial. El orden del consenso de Washington vuelve con fuerza. El mapa mundial se revuelve en un atroz y silenciado conflicto que tiene en las víctimas civiles, niños y ancianos sus chivos expiatorios. La situación regional también es complicada; Latinoamérica se sacude desde afuera y desde adentro, y solo el Papa el Papa argentino parece ser capaz de tener un gesto, una palabra para ponerle algún freno.
Nuestro posicionamiento en esta hora crucial no debe dejar lugar a dudas. Algunos aquí nos hablan de lo inevitable de este proyecto, nos describen “un país quebrado”. Soy ingeniera, no soy economista, pero esto me hace pensar en una famosa maniobra económica que se llama “quiebra fraudulenta”, que dicho sea de paso es un delito penado por la ley. Me están queriendo hacer creer que un país en plena marcha, con su aparato productivo avanzando, con impulso, con una masiva incorporación de jóvenes a las nuevas universidades, con un dígito de desocupación, con paritarias por encima de la inflación, con científicos repatriados y en el que se han reconocido casi todos los derechos que una sociedad moderna deba tener, estaba fundido. ¿No será que a partir de esta maniobra nuestros principales acreedores, no los holdouts, serán nuestros conciudadanos, nuestro pueblo que se quedará con las manos vacías, con todos los contras y ningún pro?
En esta, mi primera participación de una sesión trascendente para mi país y mi gente, llevo prendido en mi pecho un pequeño, muy pequeño broche. Es una flor emblemática y se llama “no me olvides”, y es un símbolo de la resistencia peronista en los nefastos años posteriores al derrocamiento del presidente Perón. En ese triste momento, un poder instaurado por la fuerza, el “consabido derecho de las bestias”, nos quitó hasta el derecho de nombrar a Perón y a Evita. Esta pequeña “no me olvides” en la solapa, del lado de adentro, era más que suficiente identificación para que los compatriotas, que transitaban los difíciles momentos de la dictadura, supieran reencontrarse.
La anécdota y el prendedor me los regaló en Río Grande, Tierra del Fuego, doña Vicenta, la abuela de Ana, mi amiga de la infancia fallecida muy joven en trágicas circunstancias. Me lo regaló cuando se enteró de mi participación en la lista electiva del Frente para la Victoria.
Hoy quiero dejar clara mi postura, y le digo a Vicenta y a todos que, aunque soy joven, yo no me olvido.
Mi voto es negativo.
 

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