Las circunstancias en las que nos encontramos en la actualidad son más que extraordinarias. La emergencia sanitaria no se circunscribe a un solo país, región o continente: es un problema a escala global que ha afectado nuestra salud, nuestra vida cotidiana, nuestras economías y nuestras proyecciones de futuro. Tan es así que a la crisis que veníamos transitando se le añade una recesión de la que ningún país parece estar exento.
Más notorio aún resulta ser la metodología con la que debemos dar funcionamiento al sistema legislativo. Creo no equivocarme al decir que ni Montesquieu, Rousseau, Madison, Jay, Hamilton, Alberdi y otros grandes responsables del diseño institucional republicano se hubieran imaginado que en un futuro los legisladores deberían sesionar distanciadamente los unos de los otros, para así preservar el bienestar de sus pueblos. Sin embargo, aquí estamos, estrenando un sistema nuevo tanto para nosotros como para nuestra práctica parlamentaria. Reconozco la importancia y lo novedoso de sesionar vía digital y remota, dando así viabilidad a una medida extraordinaria que una situación del mismo carácter se nos presenta y nos demanda pronta respuesta. Pero es un reconocimiento que apenas marca una hoja de ruta, no una solución concreta.
El Poder Legislativo y todos sus integrantes precisan estar al frente y dar la cara en todo momento, no solo cuando existen medidas impulsadas por el Poder Ejecutivo y que, por cuestiones meramente jurídicas, requieren de la intervención legislativa. Un país con su Congreso paralizado es un país con una democracia anestesiada, y lo que está y continúa en cuarentena –o, como se denomina ahora, aislamiento social, preventivo y obligatorio es la gente, no el Estado de derecho. Una vez mencionado esto, espero que las sesiones telemáticas no sean otra cosa más que una vía para modernizar y agilizar el Congreso en situaciones excepcionales sin que ello altere ni contamine las prácticas parlamentarias que debemos preservar, y nos permitan tratar muchos otros proyectos que precisan ser debatidos y aprobados.
Por otro lado, el “aggiornamiento” del Congreso en cuanto a su funcionamiento y modo de sesionar no es el único asunto que nos atañe aquí. La pandemia provocada por el COVID-19 ha tenido un impacto cuya magnitud no creo que aún podamos dilucidar ni vislumbrar con claridad; pero lo que sí podemos notar es que los afectados resultan ser cientos de millones por todo el mundo.
En el contexto de emergencia sanitaria provocada por este virus, hay muchos hombres y mujeres que le están haciendo frente con su labor y sudor diarios. Se trata de miles de personas que se están desempeñando en muchísimos frentes, no solo para amortiguar el impacto del coronavirus ni para contener la famosa curva sino también para preservar la seguridad de toda la sociedad en su conjunto y cerciorarse de que el resto de los elementos de nuestras vidas continúen en funcionamiento con la mayor normalidad posible.
Me refiero a los cientos de médicos que le hacen frente en primera fila a esta pandemia. Me refiero también a los auxiliares que los asisten, a todo el personal de salud que los acompaña, a quienes trabajan en otros rubros no tan visibles a nuestros ojos, pero permiten que el engranaje sanitario continúe en funciones dentro de un hospital o centro de salud sin importar su tamaño, como la maestranza, los gastronómicos y muchos otros.
A su vez, también se incluye a todas las fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas, que estamos viendo hace meses cómo despliegan todos sus recursos, sus capacidades y su servicio para darle la mano al prójimo, para asistirlo, para acompañarlo y, de ese modo, mitigar los efectos horribles que está dejando esta pandemia. Estos hombres y mujeres vienen realizando una enorme labor no solo porque es un trabajo remunerado en la mayor parte de los casos- con el que se ganan la vida sino también por vocación, y es precisamente eso lo que se debe destacar.
El trabajo que está guiado por la vocación de servicio, quizás hoy más que en muchas otras ocasiones, necesita ser cuidado. Necesitamos proteger y brindar toda la contención que sea posible a todos los argentinos que con su trabajo nos cuidan e intentan mitigar un daño de magnitud inconmensurable.
Son muchos los actores a los que les toca exponerse más, poner en riesgo su vida por otros y desempeñar roles que contemplan situaciones de mayor dificultad frente a la que otros cumplimos con mayores amparos y menores riesgos. No se trata solo de reconocer su trabajo; se trata de reconocer la dignidad de las personas, de sus vidas y el esfuerzo que realizan en cada hora de estos tiempos tan difíciles.
Es por eso que estas medidas resultan necesarias, justas y urgentes; más aún, en un país cuya presión fiscal e impositiva es abrumadora. Es abrumadora tanto para el trabajador como para el empleador, para el empresario como para aquel que genera trabajo con su pyme, para el ciudadano en relación de dependencia como para el autónomo.
Esta crisis pone en evidencia las falencias del Estado en lo que se refiere no solo a la salud pública y al sistema sanitario sino a la capacidad del Estado en su totalidad y las falencias que determinan el fracaso del sistema impositivo y fiscal de nuestro país. Hoy pretendemos aprobar merecidos beneficios para trabajadores de salud, de la seguridad y de otras actividades esenciales, pero esto también tiene que dar pie para resolver cuestiones estructurales y de fondo.
Por otro lado, hay un elefante debajo de la mesa en relación con el tema en debate. A lo largo de este mes, nuestro espacio se ha hecho eco de numerosos reclamos legítimos provenientes de múltiples sectores de la ciudadanía, que también deben ser respondidos con urgencia. Ello implica que, tal como se hizo en una primera instancia pero limitadamente, se escuchen las propuestas de la oposición, se dé lugar a su participación y que se entienda el rol fundamental que cumplimos como representantes del pueblo argentino.
Nuestro compromiso no es con algunos. Es con todos, absolutamente todos. Por vocación, por obligación, por responsabilidad y, sobre todo, por compromiso. Ello implica que el Congreso y sus legisladores deben ser partícipes activos en todo momento como miembros indispensables del sistema democrático, republicano y federal. Consecuentemente, aquí debe prevalecer el debate y el diálogo franco. Bajo ningún punto de vista vamos a avalar que el Poder Legislativo devenga en una mera escribanía que únicamente acompañe los proyectos impulsados por el oficialismo, y mucho menos permitiremos avasallamientos institucionales sobre la separación de poderes, el equilibrio republicano y el sistema de controles que nuestra Constitución resguarda, como se pretende con el DNU 457/2020.
Los contextos de crisis generan urgencias y necesidades que a veces no nos permiten ver con claridad todo el panorama, lo que deriva en la permisividad de aprobar medidas excepcionales. Sin embargo, velaremos para que esa excepcionalidad no se transforme en una tentación autoritaria para concentrar la suma de los poderes y obtener así un grado de discrecionalidad perjudicial para todos los argentinos. Eso se evita con un Congreso más fuerte, más activo, institucionalmente fortalecido que, además de garantizar la representatividad y división de poderes, continuamente eleve propuestas de calidad para atender a las demandas del pueblo argentino.