El proyecto de las grandes fortunas nos pone frente a una pregunta esencial de la política y de la democracia: ¿a quién estamos representando en esta Cámara? Porque la representación no siempre es transparente; por el contrario, hay representaciones que se intentan disimular y esto es lo que viene pasando en nuestro país desde hace ya varios años: estamos ante la existencia de una nueva derecha que creció y se construyó a sí misma con palabras y eslóganes que disfrazan sus verdaderos intereses y representaciones.
El proyecto de ley que estamos considerando hoy es un baño de transparencia para esa nueva derecha. Por eso, les pedimos que si van a defender a las 10.000 personas más ricas del país, a los ultra ricos, entonces no vuelvan a hablar nunca más de pobreza cero, porque engañan y mienten. Les pedimos honestidad y que digan realmente qué intereses representan.
En 2015 ganaron las elecciones con consignas de fuerte impacto emocional que fueron una completa estafa electoral. Ganaron con la mayoría de los votos, pero gobernaron para los más ricos, una minoría ínfima y muy privilegiada; gobernaron para esas 10.000 personas, que son el 0.02 por ciento de la población argentina y que concentran el 50 por ciento de los bienes declarados en el país y en el exterior.
Dicen que el aporte extraordinario va a ahuyentar las inversiones y va a impedir que los ricos generen trabajo y derramen sus riquezas naturalmente. Este razonamiento es muy fácil de desarmar, especialmente si miramos lo que pasó en nuestro país en las últimas dos décadas.
Entre 2003 y 2015 el gasto público y los impuestos al patrimonio eran más altos que ahora. Sin embargo, todos los años hubo más inversiones y menos desocupación, que cayó del 20 por ciento al 5,9 por ciento. Entre 2016 y 2019 Macri favoreció a los sectores más privilegiados achicando los impuestos directos que gravan la riqueza; redujo el gasto público y los impuestos al patrimonio.
Pero miren lo que sucedió durante su gobierno: la tasa de recaudación por bienes personales cayó a la mitad, de un promedio de 1,36 por ciento sobre la recaudación total cayó al 0,74 por ciento. Esto no tuvo ningún impacto positivo. No hubo nuevas inversiones, ni hubo crecimiento del empleo ni de ningún otro indicador de la economía. Por el contrario, con Macri, aumentó la pobreza y llegó a los 40 puntos porcentuales, es decir, 10 puntos arriba en apenas cuatro años; en cuatro años desaparecieron 25.000 empresas; creció la desocupación, desde el 5,9 por ciento medición de 2015 hasta volver a ubicarse en los dos dígitos: 10,1 por ciento, según medición de 2019. Con Macri, la brecha de desigualdad entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre creció de 16 a 21 veces, conforme datos del INDEC según el índice de Gini, que mide la desigualdad.
Antes de que termine su mandato ya estábamos en emergencia alimentaria porque el hambre no paraba de crecer en los sectores populares cada vez más empobrecidos. En apenas cuatro años se generó el endeudamiento más grande de la historia y pasamos a ser uno de los países con mayor evasión fiscal. Según la ONG “Tax Justice Network”, en 2016 escalamos el quinto puesto en el ranking mundial de lavado de dinero. Y según el Banco Central, entre 2018 y 2019 la fuga de capitales del sector privado alcanzó los 45,1 mil millones de dólares, casi el equivalente del préstamo del FMI, que fue de 44,5 mil millones de dólares.
¿Hacen falta más pruebas para ver a quiénes representan, para quiénes gobernaron?
No solo hay que pedir un esfuerzo compartido a los más ricos, sino que también hay que interpelarlos y exigirles responsabilidad. Todos estamos compartiendo un destino común en esta casa que es la tierra y no todos la estamos dañando del mismo modo. Según un informe conjunto de OXFAM, una organización del Reino Unido, y del Instituto de Medio Ambiente de Estocolmo, durante los últimos veinticinco años el 1 por ciento de la población más rica del mundo generó más contaminación que los 3.100 millones más pobres. Esto demuestra que las élites son las principales responsables del colapso climático y ecológico que atravesamos.
Este es el contexto en el que estamos considerando el aporte solidario de las grandes fortunas y las dos leyes que trataremos a continuación, de prevención de incendios y capacitación ambiental obligatoria. Porque el impacto ambiental profundiza las desigualdades y la concentración de la riqueza.
Este año nos enfrentamos a una crisis que nunca imaginamos. La pandemia transformó nuestras vidas y, por eso, el 20 por ciento de lo recaudado con este aporte está destinado a la compra y elaboración de equipamiento médico, de elementos de protección, de medicamentos, de vacunas y de todo insumo crítico para enfrentar la emergencia sanitaria que trajo el COVID-19. Y un 15 por ciento está destinado a dar respuesta a la crisis habitacional que viven millones de argentinos y argentinas en nuestro país. La urbanización de los barrios populares es urgente. Deja al descubierto la desigualdad y la concentración de la riqueza. Lo vemos en la Capital Federal, sin ir más lejos. Sin redistribución de la riqueza no podemos resolver la desigualdad.
Este aporte extraordinario se destinará a salud, vivienda, acompañamiento a las pymes y también a educación. Y en educación están comprendidas las becas Progresar, para apoyar a jóvenes de hogares con bajos ingresos, a mujeres jefas de hogar, a integrantes de las comunidades de pueblos originarios, a personas con discapacidad, a fin de que accedan a su derecho de estudiar y progresar.
Sabemos que la educación por sí sola no erradica las desigualdades y que las políticas deben ser integrales, pero también sabemos que para miles de personas la única posibilidad de romper el círculo de la pobreza de sus familias es estudiar, estudiar sin tener un techo por su origen social.
Este aporte va a ampliar los fondos para estas becas, que brindan recursos a miles de jóvenes y adultos para que terminen la escuela, continúen su formación y alcancen una profesión, para que puedan viajar los kilómetros necesarios para ir a estudiar, para que puedan comprar apuntes, pagarse la comida cuando están en clases; gastos que en esta sociedad injusta, para muchos, son un lujo. La educación y el progreso no pueden ser un lujo.
Algunos se llenan la boca hablando de educación, pero cuando hay que legislar para que Juan, Laura, Esteban, puedan estudiar, terminar su escuela, soñar y llegar a la universidad, se niegan a hacerlo.
Con orgullo, ya vimos egresar a miles de jóvenes primera generación de universitarios. Pero son muchas las chicas y chicos y adultos que todavía no acceden a este derecho. No es una cuestión de actitud individual, no se reduce al esfuerzo de algunos soñadores que se destacan, como algunos quieren que creamos. La pobreza y la desigualdad quitan oportunidades, acortan el futuro.
El aporte extraordinario que estamos considerando es una señal muy clara frente a esas injusticias. Es el Estado representando a quienes peor la están pasando, redistribuyendo los recursos para garantizar sus derechos. Este Congreso es parte de ese Estado. Ustedes elijan a quién quieren representar.