No digo nada nuevo si menciono que la economía del conocimiento es el sector de la economía que utiliza el saber y la creatividad para generar valor y mejores procesos. Esta definición sin duda aplica a todas las industrias tradicionales que van cambiando, en los años que corren, de la mano de ella.
Representa el 22 por ciento de la producción total del país y está creciendo año tras año. En Argentina, más de 6.000 empresas aplican conocimiento en software, innovación, educación y hasta en agricultura. En 2018 la llamada industria del conocimiento, con 6.000 millones de dólares, se convirtió en el tercer exportador después de granos y aceites y los autos.
En la convicción de un camino a seguir, en mayo de 2018, por unanimidad, esta Cámara sancionó la ley 27.506 de Promoción de la Economía del Conocimiento. Casi inexplicablemente un poco más de dos años después el nuevo gobierno, en una medida de escaso valor legal, la suspende y congela por hoy casi siete meses.
Rescataré el valor del trabajo de consenso realizado por mis compañeros de bancada con los otros bloques para llegar a este nuevo proyecto consensuado. Pero no puedo dejar de mencionar que se debió haber trabajado de esta manera desde el principio, y que fue absolutamente innecesaria esa actitud de autoritarismo inicial de suspensión, si podíamos llegar a esto. Las medidas de la cuarentena frente al COVID nos enseñaron lo importante de la inversión y agilidad de estas nuevas tecnologías que requieren certezas y seguridades, en lugar de idas y vueltas que solo demoran el avance y la innovación.
En esa misma línea voy a reflexionar brevemente sobre el impacto de las tecnologías de la economía de conocimiento en industrias que hoy se encuentran paralizadas, tales como una de las más afectadas por la pandemia. El conocimiento es inagotable en términos de experiencia, de capacidades intelectuales, de información, de investigación, y por ello se ha convertido en un factor clave en la suma del valor agregado que puede darle al turismo; por ello, la incorporación de servicios tecnológicos entre las ofertas de los destinos turísticos en general y de su infraestructura, el marketing como herramienta de incursión y contactos con el mundo, de la mano de la tecnología aplicada a los servicios de venta e intercambio adquieren un valor superlativo.
No es casual que conceptos asociados a la tecnología, tales como la segmentación del mercado, el desarrollo sostenible, la desregulación de líneas aéreas, entre otros, hayan generado también nuevos turistas.
Pero quiero dejar expresamente planteado que es necesario que dejemos el terreno de los anuncios y avancemos con medidas rápidas y eficaces. Nos dijeron 40 días para la nueva ley de economía del conocimiento y aquí estamos siete meses después. ¿Cuánto tendrá que esperar la emergencia para el sector turístico y cuánto las respuestas que nos reclaman distintos sectores de la economía nacional que caen y no encuentran concreciones en la inmensa cantidad de anuncios realizados?
Abogo entonces para que el contenido de esta ley no se convierta en una letra muerta y que el Estado esté a la altura de las circunstancias para hacerla real y accesible.
Para finalizar, nuestra industria toda necesita de leyes como esta que la modernicen y reconviertan de la mano de la economía del conocimiento, pero nada detendrá su caída y proyectará su futuro si no tenemos una economía para la emergencia y una economía para la salida, a la altura de una verdadera planificación de país presente y pospandemia.