Señor presidente: estamos en un momento muy complejo de nuestra historia, atravesando una emergencia sanitaria sin precedentes, y nuestros hábitos sociales han cambiado como nunca antes. La situación económica en que vivimos deja en evidencia la necesidad persistente de construir políticas de Estado que nos ayuden a crecer sostenidamente, independientemente de a quién le toque estar al frente del gobierno en determinado momento. Queremos defender nuestro derecho al futuro.
Aunque suene extraño hablar de futuro en un contexto donde el presente es tan apremiante y doloroso, hoy nos toca volver a votar un proyecto de ley que nos conduce necesariamente a hablar de nuestro futuro, a apostar por los que apuestan por nosotros, los que aman a la Argentina y eligen aplicar su talento acá, los miles de jóvenes que emprenden, las pymes, las empresas, las y los trabajadores que con mucho esfuerzo siguen transformando información en conocimiento, mejorando nuestra productividad y agregando valor a gran escala.
A pesar de que las prioridades cambiaron por la premura con que se avecinó esta nueva normalidad, hoy vemos necesario proyectar nuestro presente, sentir que ese futuro nos incluye a todos, que no vamos a seguir cometiendo los mismos errores y que cuando definimos un rumbo entre todos, convencidos de que nos va a ayudar a crecer, no lo vamos a boicotear.
Eso es la economía del conocimiento: una oportunidad muy clara para fomentar un crecimiento bien argentino, basado en la bioeconomía, la industria espacial, las industrias 4.0, como la inteligencia artificial o el internet de las cosas, y todos los servicios basados en conocimiento, incluyendo la investigación y desarrollo.
Economía del conocimiento son los jóvenes tucumanos o mendocinos que, pudiendo elegir cualquier lugar del mundo, eligieron armar su cluster en sus provincias. Son los emprendedores y divulgadores científicos como Augusto y Mateo Salvatto, o Joan Cwaik, que no solo divulgan conocimiento, sino también acercan el lenguaje técnico para que todos y todas seamos parte de esta revolución. Son las mujeres que aprenden a programar en Villa Jardín, Lanús. Son los salteños de la Escuela Técnica 3106 de Campo Quijano que crean sus propios robots. Son los científicos de INVAP, de ARSAT, del INTA, del INTI.
El talento, la creatividad, el ingenio, la resiliencia y la búsqueda tenaz de aprendizaje y progreso son las cosas que impulsa a nuestros ciudadanos en todos los rincones del país.
Por eso, cuando pensamos en economía del conocimiento, debemos considerar no solamente lo que genera la ley, sino el esfuerzo conjunto que tenemos que hacer también desde la educación, la formación, la ciencia y la investigación para acompañar y sostener este rumbo sin dejar a nadie atrás.
Sin embargo, esta ley es una potencialidad. Alcanzar ese crecimiento y desarrollo depende de cuán intensamente acordemos sostener ese camino. Para eso, tenemos que pensar en nuestros compatriotas no como un enemigo o un sujeto a vencer, sino como alguien con quien trabajar codo a codo, si realmente queremos construir este porvenir.
La persistencia de una grieta histórica entre compatriotas y la habitualmente citada “coyuntura” dificultan muchas veces la concreción de nuestros sueños y aspiraciones colectivas sobre los destinos de nuestro país.
Independientemente de la complejidad del hoy, esta nueva normalidad requiere buscar alternativas de desarrollo que puedan traducirse en bienestar para la mayor cantidad de personas, abordando la situación presente sin condicionar nuestro camino al progreso.
El cambio climático, la desigualdad económica, la sensación permanente de vivir en la injusticia, las desigualdades de género, el futuro del trabajo, la violencia, entre otros, son temas que atraviesan nuestra cotidianeidad, generando desequilibrios y debilitando no solo nuestra vida en sociedad presente sino su potencialidad.
En este sentido, en tiempos en que la pobreza y el desempleo aumentan, particularmente entre los jóvenes, es crucial que trabajemos juntos impulsando políticas que se sostengan en el tiempo y favorezcan el crecimiento que necesitamos.
Por eso, hoy volvemos a buscar un consenso para impulsar a los distintos sectores productivos que funcionan como motores para la economía argentina, a que nos permitan salir de la recesión y avanzar hacia una industria del conocimiento nacional, fuerte, innovadora y sostenible.
La economía del conocimiento es uno de los sectores más dinámicos de la economía mundial y, pese a la creciente incertidumbre en que nos encontramos, sigue teniendo una potencialidad de crecimiento, innovación y exportación a nivel mundial.
En ese sentido, en 2004 se definió a la industria del software como estratégica y se sancionó la Ley 25.922, de Promoción del Software, que mantuvo a esta industria en condiciones competitivas en comparación con el resto del mundo.
Entre 2007 y 2018 el empleo en este sector creció un 60 por ciento, frente al 17 por ciento que creció el empleo de toda la economía en el mismo período. Además, es un sector de gran demanda de trabajadores, donde los salarios en 2018 fueron un 35 por ciento más altos que el salario promedio del resto de la economía argentina.
Por eso, la Ley de Economía del Conocimiento nos da una continuidad estratégica al impulsar a todas las actividades que forman parte de este ecosistema, y además potencia las posibilidades de que la Argentina sea protagonista en la industria mundial.
Cabe recordar en esta oportunidad que uno de los objetivos de la Ley 27.506 de Economía del Conocimiento, impulsada por el gobierno de Mauricio Macri y votada casi por unanimidad en este Congreso en 2019, fue proveer un régimen que permitiera a todas las actividades de la Economía del Conocimiento igualar el desarrollo virtuoso de la industria del Software, con la proyección de llegar a 15.000 millones de dólares en exportaciones y de crear 250.000 nuevos puestos de trabajo en una década.
Cuando en enero de este año el gobierno anunció la suspensión de la ley 27.506 (2019), la preocupación de todos los sectores fue reflejo del consenso que se habría generado en torno a una verdadera política de Estado. Por eso celebramos que la ley continúe en vigencia, aun con las modificaciones propuestas.
Estamos de acuerdo en que para la Argentina la innovación no es una opción sino una necesidad para nuestro crecimiento. La incertidumbre e imprevisibilidad nos daña a todos en el corto, mediano y largo plazo. La falta de diálogo nunca es la respuesta: evidencia de esta afirmación es el interés que nos unió a legisladores y legisladoras de todos los partidos y al Poder Ejecutivo nacional a trabajar en un dictamen en conjunto que permitiese seguir apostando por el desarrollo nacional de la economía del conocimiento.
La ley 27.506, promovida durante el gobierno de Cambiemos, fue trabajada, desde el principio, con todos los actores vinculados para así avanzar en una normativa tan necesaria como útil. La industria del conocimiento funciona como motor para incentivar una rápida generación de puestos de trabajo, sobre todo en sectores de mano de obra intensiva. Hoy tenemos un proyecto para una ley progresiva, equitativa, federal y sostenible, manteniendo la mayoría del articulado anterior y que continúa el principal propósito de la ley impulsada en 2019: apoyar y garantizar el dinamismo del sector.
Pese al contexto de emergencia sanitaria, la industria espera generar 2.500 nuevos puestos de trabajo para 2020. Tenemos una industria que siempre encontró la forma de salir adelante. Por ello, es un orgullo acompañar el estímulo a un sector llamado a ser protagonista.
Una industria no es un concepto, somos argentinas y argentinos destinando esfuerzo y pasión todos los días para construir juntos un futuro más justo. Con el desarrollo de la economía del conocimiento como política de Estado crecemos todos.